Escúchame.

Escúchame,
quiero hablarte bajito,
susurrando,
que las palabras te hagan cosquillas en el oído,
y que tu piel se erice al escuchar el tono de mi voz.

Escúchame,
atento, anonadado,
quiero que estés sentado a mi lado.

Escúchame,
es difícil hablarte y no besarte,
tan cerca de tu cuello,
tan protagonista de mis desvelos.

Escúchame,
coge aire,
respira,
suspira,
quiero decirte que eres el amor de mi vida.

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Se puede.

Se puede morir y seguir respirando.
Se puede revivir con una mirada.
Se puede sentir sin tocar.
Se puede escuchar siendo sordo.
Se puede hablar siendo mudo.
Se puede ver siendo ciego.
Se puede luchar siendo débil.
Se puede ganar habiendo perdido.
Se puede entender lo inentendible.
Se puede perdonar lo imperdonable.
Se puede volar sin salir de casa.
Se puede llorar de felicidad.
Se puede reír de tristeza.
Se puede soñar sin cerrar los ojos.
Se puede sonreír con el corazón.

Se pueden hacer muchas cosas más de las que pensamos,
y hay pocas personas que nos brindan esas oportunidades.

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Julio 2013.

Tarde o temprano se aprende,
lo importante no solo es vivir…
Sino valorar la vida y saber que cualquier día puede ser el último.

Después de mucho tiempo puedo decir que creo que empiezo a sentir algo de felicidad, que hay personas que con sólo una mirada te ponen la piel de gallina,
que pueden hacer que cambies la perspectiva de tu vida,
y te den ganas de querer vivir y hacerte sentirte querida,
personas que en cuestión de segundos, hacen que tu mundo gire 180 grados en solamente dos instantes.

Que sentimiento tan grande,
no hay nada más profundo que mirar a una persona y que no haga falta decir nada, sentir tranquilidad,
ver en sus ojos la profundidad de una mirada que te da paz, amor.
Una mirada que está llena de deseo,
haciéndote sentir que en ese momento lo único que existe en el mundo son esos cuatro ojos mirándose como si no hubiera nada más alrededor que pueda interrumpir semejante sentimiento de alegría, deseo y comprensión…

Porque hay veces que las cosas más grandes vienen cuando menos las esperas y que los sentimientos más espectaculares son con las cosas más pequeñas…

 

Este texto lo escribí en Julio de 2013,
el año que cambió mi vida, mi rumbo, mi desorden.
Cuando aprendí a masticar la felicidad y no atragantarme.

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En cualquier vida.

A veces,
cuando no puedo dormir,
me pongo a imaginar cómo me gustaría que fuera mi vida.

Vivir en una cabaña en el bosque,
en una casita al lado de la playa o
en un lugar que hiciera mucho frío y se quedara pegado a mi ropa ese olor característico de chimenea.

Salir a hacer surf sin tener ni idea,
tener un huertito con muchísimas verduras,
tener una granja con burros y conejos bebés, ordeñar vacas…

Vidas muy diferentes,
lugares muy distintos,
pero todos ellos con algo en común,

tu mano unida a la mía y tu pecho como almohada,

tú completandome en cualquier parte del mundo en la que pueda imaginar mi vida.

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Esas ganas.

Esas ganas constantes de tocarte,
de empezar a besarte y no parar hasta recorrer cada centímetro de tu cuerpo, de abrazarte y no soltarte.

Esas ganas de querer saber todo de ti,
de no dejarme ni un recoveco de tu cabeza sin explorar.

Esas ganas de verte reír,
de hacerte feliz,
de estar contigo.

Esas ganas de ser tu mayor deseo,
de ser tu mejor elección,
de ser tu ella entre todas las demás.

Esas ganas de querer verte al segundo de dejarte,
de no ser capaz de dejar de tocarte.

Esas ganas de ser yo, en lo que piensas,
cuando pienses en algo que hayas hecho bien.

Esas ganas de tenerte a mi lado todos los días que puedan quedarme en la historia de mi vida.

Esas ganas de querer compartir contigo hasta la suela de mis zapatos.

Esas ganas de vivir,
de gritar,
de llorar,
de sentir,
de disfrutar.

Esas ganas de manta y sofá,
de carcajadas porque sí,
de ser yo misma.

Esas ganas de todo y nada a la vez.

Esas ganas de ti y nada más.

Esas ganas de tanto contigo.

Esas ganas,
todas esas que nunca había sentido.

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Se llama destino.

Dicen que cada uno,
elige,
decide,
a quien quiere tener en su vida,
quien formará parte de sus días,
y quien puede ser prescindible.

Dicen que tenemos la capacidad de poder seleccionar a las personas con las que queremos pasar,
tanto nuestros buenos, como malos momentos.

Dicen que sólo uno mismo es capaz de decidir,
quién será el amor de su vida.

Dicen, dicen y dicen…

Pero no se dan cuenta,
que todos esos dicen,
no tienen sentido, si el destino no es el actor principal,
porque no hay donde elegir,
que seleccionar,
o que decidir,
si no te cruzas con esa persona,
ese alma, o esa familia que cada uno de nosotros mismos,
tenemos la suerte de elegir.

Y lo que decide si ese cruce tendrá lugar o no,
se llama destino.

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Me gusta la vida contigo.

Me gusta levantarme tarde los domingos,
si al dar media vuelta en la cama,
noto tu respiración acompañando la mía.

Me gusta cuando te enfadas por perder un partido al pro,
y cuando cantas victoria, mientras das una buena paliza.

Me gustan las palmeras de chocolate en el desayuno,
cuando son en tu mesa del comedor.

Me gusta bailar contigo,
cuando no hay testigos mirando.

Me gusta andar por la calle,
cuando me das la mano.

Me gusta ver pelis contigo,
darme cuenta que te has quedado sopa,
decir algo,
y que hagas como si no hubieras cerrado ni un segundo los ojos.

Me gusta que me dejes tu pijama,
cuando me quedo en tu casa a dormir,
me gusta usar tu gel,
cuando uso tu ducha,
así puedo ser un poco tú,
aunque la altura me delata.

Me gusta tu manera de explicarme los ingredientes que le pondrías a un sándwich.

Me gusta cuando me vigilas si me toca hacer de chef,
no vaya a ser que la cocina salga ardiendo.

Me gusta tu forma de darme ánimos,
de creer en mi.

Me gusta tu apoyo incondicional,
tu forma de abrirme los ojos.

Me gusta como haces las cosas a tu manera,
tu forma de ver el mundo.

Me gustan los espasmos que te dan,
justo antes de quedarte dormido.

Me gustas tú.

Me gusta la vida contigo.

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