¿Desconectar o aceptar?

Mirar las matrículas de los coches.
Fijarte en el asfalto y esas manchitas blancas minúsculas que tiene.
Quedarte embobado mirando al horizonte como si quisieras hablar con él.
Hacer cosas para no pensar,
intentar dejar la mente en blanco para descansar.
Ver cosas que no deberías haber visto,
pero que no debieras haberlas visto no significa que no lo hayas hecho.
Intentar desconectar o aceptar la realidad.
Creo que me decido por la primera de las dos opciones,
aunque no siempre funcione,
te permite viajar en ocasiones a asfaltos mojados,
matrículas de coche u horizontes que no articulan palabra alguna.

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No vale…

No vale…
No vale quererte tanto…
No vale sentir lo que siento…
No vale tener miedo a perderte…
No vale que mi mundo seas tú…
No vale no poder dejar de mirarte…
No vale que mi bien y malestar dependan de ti…
No vale que cada minuto quiera besarte…
No vale que me encanten tus abrazos…
No vale sentir lo que siento con cada caricia tuya…
No vale querer todo contigo…
No vale mis rayadas tontas y miedos…
No vale mi ilusión…
No vale nada de lo que pienso…
No vale darte la mitad de mi corazón…
No vale quererte para siempre…
No vale que no exista nada que pueda asegurarme que siempre te voy a tener…
No vale nada de esto si no me prometes que serás capaz de estar conmigo,
pero no un día, ni un mes, ni un año…
No vale si no es toda la vida…

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Te quiero cada instante.

Me gustaría poder poner nombre a mi forma de quererte,
porque es diferente a lo normal,
las palabras te quiero son escasas…
Me gustaría…
Que estuviera escrito en cada esquina que voltees,
en cada asfalto que pises,
en cada espejo que mires,
para que no se te olvide en ningún momento,
que has creado algo que nunca antes había existido.

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Libro nuevo.

Su libro estaba completamente abierto,
con páginas rotas, arrugadas, mojadas…
La letra describía curvas inciertas y abstractas,
había tachones, cosas a lápiz…
Si le echabas un vistazo rápido daba la sensación de estar escrito por un pequeñajo que esta teniendo su primer contacto con el papel…
Ella no apreciaba lo que en realidad aparecía en su libro,
creía que era lo normal y no le daba importancia,
la costumbre le había hecho ver sus escritos como algo ya básico y normal.

Hasta ese momento,
el momento en el que por primera vez ella se pararía delante de un escaparate sin saber el motivo y simplemente para observar una pluma que tanto le había llamado la atención.
Sintió la necesidad de cogerla sin pensarlo dos veces.
Y fue ahí en ese mismo instante cuando al probarla se dió cuenta que no podía separarse de ella,
su libro empezó a tener una letra uniforme,
las palabras fluían como si fuera un río desembocando en el mar.
No había tachones,
ya no había páginas mojadas ni rotas…
Simplemente un lápiz tirado a la basura y un libro de exposición,
donde cada página acababa con puntos suspensivos…

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Laberinto.

Idas y venidas,
besos sin amor,
sexo de pasada.
Aeropuertos,
estaciones,
vinos y ostras,
el Norte -mi amante secreto-
chinos y conciertos.
Huir de la verdad.
Escapar del dolor.
Vivir sin pensar, pensar sin vivir.
Engañarme a ser feliz sin serlo.
Acostumbrarme a la rutina de no vivir,
de buscar la felicidad en un laberinto sin señales
donde no hacía más que ver espejismos de una felicidad forzada y falsa.
Se hacia de noche en el laberinto donde estaba perdida,
y sólo me quedaba una vela y ya medio apagada,
cuando no creí que tuviera oportunidad de ver más luz,
apareciste tú,
con tu sonrisa y una linterna en la mano enseñándome la salida,
el sentido de la felicidad y la alegría constante.

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Esa gota.

Las horas se amontonaron, se convirtieron en días y esos días en semanas…
Y como es de esperar esas semanas en meses y esos meses en años…

Cuando una gota cae en tu mismo trozo de piel durante tanto tiempo,
al principio puede incomodarte, molestarte simplemente.

Cuando ya el tiempo se va haciendo mas largo,
esa gota se hace su propio camino, atravesando la piel y pasando al músculo; llegando a las entrañas, si este tiempo se convierte en años…

Consigues encontrar la forma de hacer que esa gota ya no caiga más,
pero la herida que se ha formado después de tanto tiempo esta abierta,
en carne viva, y no puede cerrarse en cuestión de días, ni de meses…
Hay que ir regenerando cada capa de músculo y de piel para que se cure,
para que esa piel vuelva a ser fuerte y uniforme al resto.

La paciencia es fundamental en esta cura,
pero hay veces que ésta destaca por su ausencia.

Hubiera estado bien tener un chubasquero anti-lluvia ácida o simplemente tener la capacidad de esquivar.

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Dejemos la cordura.

Dejemos la cordura y volvámonos locos.

Saboreemos cada segundo compartido de cada día.

Tiremos por la ventanilla las subidas de voz y las discusiones sin fundamento.

Cómeme como si fuera el único alimento que tuvieras en la nevera.

Tócame como si fuera la última vez que pudieras experimentar el sentido del tacto.

Bésame como si mañana no tuvieras labios.

Mírame y mátame con tu mirada,
como si fuera la última vez que tuvieras los ojos sobre sus cuencas.

Repite lo mismo todos los días,
sin cansarte de mí en ningún momento,
como si cada día fuera la primera vez que me vieras.

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Gran patada.

Es tan alucinante,
como en cuestión de milésimas de segundos,
puede cambiar tu estado de ánimo.

Como una sola frase puede darle la vuelta por completo a tu capacidad de hacer que las lágrimas que guardas dentro no salgan al exterior.

Gran putada,
o mejor dicho,
gran patada a esa niña pequeña que querías esconder en una esquinita de las miles que puede tener el cuerpo humano…

Debe ser que nunca se me ha dado bien jugar al escondite,
siempre me encuentran,
nunca crezco.

 

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Mi carretera asfaltada.

Acojonada,
esa es la palabra,
y en parte, es de las sensaciones que más tiene que ver con este sentimiento que mucha gente tiene en la boca,
y poca sabe su significado (hablo del amor).

Acojonada,
por darme cuenta de lo fundamental que es él en mi vida,
que sin yo quererlo, se ha convertido en la carretera asfaltada por la que quiero circular,
en mi vía de servicio favorita.

Acojonada,
porque quiero que sea para siempre,
que no tenga fecha de caducidad,
y eso es algo que nunca podré saber a ciencia cierta.

Está claro que siempre existe otro camino lleno de piedras y baches,
algo más complicado, por el que se puede tirar, se puede seguir adelante,
pero de manera más complicada, o desde mi punto de vista, más infeliz.

Yo quiero que mi camino sea esa carretera asfaltada,
que no tenga que desviarme en ningún momento a lo largo de los kilómetros que los latidos de mi corazón me dan para vivir.

Porque para mí la esta carretera es mi felicidad,
es la cuerda que tira de las comisuras de mi boca hacia el cielo,
y me deja la mente en blanco.

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