Laberinto.

Idas y venidas,
besos sin amor,
sexo de pasada.
Aeropuertos,
estaciones,
vinos y ostras,
el Norte -mi amante secreto-
chinos y conciertos.
Huir de la verdad.
Escapar del dolor.
Vivir sin pensar, pensar sin vivir.
Engañarme a ser feliz sin serlo.
Acostumbrarme a la rutina de no vivir,
de buscar la felicidad en un laberinto sin señales
donde no hacía más que ver espejismos de una felicidad forzada y falsa.
Se hacia de noche en el laberinto donde estaba perdida,
y sólo me quedaba una vela y ya medio apagada,
cuando no creí que tuviera oportunidad de ver más luz,
apareciste tú,
con tu sonrisa y una linterna en la mano enseñándome la salida,
el sentido de la felicidad y la alegría constante.

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