Le daría mis alas.

Dos copas de vino casi vacías sobre la mesa,
música de fondo que hace de actor secundario,
dos corazones latiendo a distinto ritmo,
pero con la misma graduación alcohólica circulando por sus venas.

El calor de la calefacción va haciendo su efecto,
y se nota más a medida que la botella de vino va disminuyendo.
Fuera hace viento y seguramente las ramas de los árboles se muevan al ritmo que él decida,
pero es algo secundario en lo que mi mente no está pensando,
todo lo que esté de puertas hacia fuera en este momento no me interesa,
da la casualidad que tengo a mi mundo entre cuatro paredes.

No hacen falta las palabras,
pero si las caricias,
son las causantes de mi piel de gallina.

Pienso muchas cosas al mismo tiempo,
me suele pasar cuando le miro,
tengo muchas palabras en mi mente,
pero es mejor que se ausenten.

Es una noche especial,
siempre lo es en cualquier lugar,
en cualquier momento,
si siento su aliento,
sus besos,
sus manos,
son mis regalos.

Si yo fuera un hada le daría mis alas,
Y si fuera maga de daría mi vara.

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Y esto es.

Mis pupilas se centran en la suyas,
como cientos de ojos concentrados en tal sólo dos cuencas,
como los miles de globos oculares que sientes en tu espalda cuando intentas copiar en un examen…
Con la misma intensidad que utilizan los espías para dar luz verde y ver que no hay moros en la costa.

Mis dedos se mueven como si aporrearan cuerdas de piano o intentaran hacer que una guitarra sonara a ritmo de flamenco.
Tienen tal indecisión de no saber que parte de su cuerpo tocar que hasta pueden llegar a bloquearse y no mover ni una sola falange…

Mis labios en seguida se ponen como labios de besugo,
acercándose hacia él intentando no sacar la lengua antes de tiempo…

Llegan las palabras que se van poniendo a la cola una detrás de otra para intentar salir ordenadas y ser capaces de formar una frase que tenga aunque sea un poquito de sentido.

Y esto siento al verle…
Tantas cosas a la vez que es difícil no parecer idiota.

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No vale…

No vale…
No vale quererte tanto…
No vale sentir lo que siento…
No vale tener miedo a perderte…
No vale que mi mundo seas tú…
No vale no poder dejar de mirarte…
No vale que mi bien y malestar dependan de ti…
No vale que cada minuto quiera besarte…
No vale que me encanten tus abrazos…
No vale sentir lo que siento con cada caricia tuya…
No vale querer todo contigo…
No vale mis rayadas tontas y miedos…
No vale mi ilusión…
No vale nada de lo que pienso…
No vale darte la mitad de mi corazón…
No vale quererte para siempre…
No vale que no exista nada que pueda asegurarme que siempre te voy a tener…
No vale nada de esto si no me prometes que serás capaz de estar conmigo,
pero no un día, ni un mes, ni un año…
No vale si no es toda la vida…

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Me asusta.

Podría mirarte durante horas,
sin hablar…
Podría estudiarme tus lunares,
sin parpadear…
Podría pintar tu cuerpo,
con mi mano de pincel…
Podría cambiar mi comida,
por tus labios…
Podría decirte te quiero cada minuto….
Y eso…me asusta.

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Te quiero cada instante.

Me gustaría poder poner nombre a mi forma de quererte,
porque es diferente a lo normal,
las palabras te quiero son escasas…
Me gustaría…
Que estuviera escrito en cada esquina que voltees,
en cada asfalto que pises,
en cada espejo que mires,
para que no se te olvide en ningún momento,
que has creado algo que nunca antes había existido.

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Libro nuevo.

Su libro estaba completamente abierto,
con páginas rotas, arrugadas, mojadas…
La letra describía curvas inciertas y abstractas,
había tachones, cosas a lápiz…
Si le echabas un vistazo rápido daba la sensación de estar escrito por un pequeñajo que esta teniendo su primer contacto con el papel…
Ella no apreciaba lo que en realidad aparecía en su libro,
creía que era lo normal y no le daba importancia,
la costumbre le había hecho ver sus escritos como algo ya básico y normal.

Hasta ese momento,
el momento en el que por primera vez ella se pararía delante de un escaparate sin saber el motivo y simplemente para observar una pluma que tanto le había llamado la atención.
Sintió la necesidad de cogerla sin pensarlo dos veces.
Y fue ahí en ese mismo instante cuando al probarla se dió cuenta que no podía separarse de ella,
su libro empezó a tener una letra uniforme,
las palabras fluían como si fuera un río desembocando en el mar.
No había tachones,
ya no había páginas mojadas ni rotas…
Simplemente un lápiz tirado a la basura y un libro de exposición,
donde cada página acababa con puntos suspensivos…

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Universo.

Era una tarde fría y cálida a la vez,
fría de puertas hacia fuera,
cálida de la ventana hacia dentro…
Por una rendija se podían ver dos cuerpos fundidos con el calor del sexo,
cuatro ojos brillantes como diamantes recién pulidos,
y un lío de manos y pies que no tenía fin.
Se dieron cuenta que el invierno a veces se puede volver verano,
y que el mundo fuera no existe,
cuando de ventana hacia dentro tienes el universo.

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Escúchame.

Escúchame,
quiero hablarte bajito,
susurrando,
que las palabras te hagan cosquillas en el oído,
y que tu piel se erice al escuchar el tono de mi voz.

Escúchame,
atento, anonadado,
quiero que estés sentado a mi lado.

Escúchame,
es difícil hablarte y no besarte,
tan cerca de tu cuello,
tan protagonista de mis desvelos.

Escúchame,
coge aire,
respira,
suspira,
quiero decirte que eres el amor de mi vida.

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Y se me pasa…

Me gustaría saber…
si te despiertas pensando en mi,
si alguna vez me has mirado a escondidas,
que piensas cuando me ves desnuda,
si te fijas en los lunares de mi piel,
que piensas cuando me ves llorar,
si tienes miedo a perderme,
si alguna vez has sentido así,
si recuerdas mi olor cuando no estoy contigo,
qué piensas cuando me echas de menos,
si alguna vez me has desnudado con la mirada,
si me necesitas,
si te gustan mis abrazos,
si te gusta como beso…

Pero luego me acuerdo lo poco que te gustan las preguntas…
y se me pasa.

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Laberinto.

Idas y venidas,
besos sin amor,
sexo de pasada.
Aeropuertos,
estaciones,
vinos y ostras,
el Norte -mi amante secreto-
chinos y conciertos.
Huir de la verdad.
Escapar del dolor.
Vivir sin pensar, pensar sin vivir.
Engañarme a ser feliz sin serlo.
Acostumbrarme a la rutina de no vivir,
de buscar la felicidad en un laberinto sin señales
donde no hacía más que ver espejismos de una felicidad forzada y falsa.
Se hacia de noche en el laberinto donde estaba perdida,
y sólo me quedaba una vela y ya medio apagada,
cuando no creí que tuviera oportunidad de ver más luz,
apareciste tú,
con tu sonrisa y una linterna en la mano enseñándome la salida,
el sentido de la felicidad y la alegría constante.

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