A veces.

A veces me gustaría quererte un poco menos,
pero lo único que hago es quererte más.
A veces me gustaría pensar menos en ti,
pero te tengo tatuado en mi mente.
A veces me gustaría ser capaz de no necesitarte,
pero eres una droga que no es desintoxicable.
A veces me gustaría no ser tan impulsiva,
pero mis arrebatos son parte de mi mini esencia.
A veces me gustaría ser capaz de no besarte cuando estás delante,
pero tus labios son el polo opuesto a los míos.
A veces me gustaría no tener tantas preguntas,
pero entonces no sería yo.
A veces me gustaría poder controlar mis muestras de cariño,
pero abrazarte es recargarme las pilas.
A veces me gustaría ser capaz de guardar algo para mí,
no decir todo lo que pienso,
pero las palabras se me acumulan en la boca.
A veces me gustaría no ser tan empalagosa,
pero un caramelo mojado es inevitable que lo sea.
A veces me gustaría ser más fría,
pero el frío nunca me ha gustado.
A veces me gustaría no ser yo,
pero entonces no te hubiera conocido.

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Ella es la mayor.

Atrevida, espontánea, esporádica, traviesa, alegre…
Son sólo unos pocos, de los muchos adjetivos que podría adjudicarle.

Son muchos los sentimientos que me ha dado la oportunidad de experimentar,
tantas las situaciones en las que ha estado a mi lado, y tantos los momentos en los que he sentido su apoyo incondicional.
Son tantas cosas las que pienso cada vez que la miro a la cara,
mares de ideas y sentimientos que es capaz de despertar en mi interior.

Envidia sana es lo que me hace sentir muchas de las veces que la miro.
Guapa, sexy, segura y sobre todo directa, son sólo unas pocas palabras que me gustaría robarle…O que por lo menos me diera una “a” o una “e” de esa mezcla de letras que la definen.

Chica con carácter, a veces un poco complicado de entender o simplemente de aceptar, pero es lo que la hace diferente y lo que en parte, la hace especial…
El no saber si te va a responder, con una hostia o con un beso de esos que a veces te da sin esperarlo.

Es muy complicado intentar sacar de mi interior en claro, algo que pueda hacer que se acerque un poquito a hacerse una idea, de la imagen que tengo de ella, o de lo que significa para mi…

Porque verla llorar,
es verme a mi reflejada en un espejo con el agua salada saliendo de mis ojos,
verla reír,
es sentir como las comisuras de mis labios se elevan sin querer,
su tranquilidad, es la mía…
Y su bienestar, es hacer que yo duerma en una nube de algodón.

Hay veces que me gustaría estrujarla tan fuerte, que hasta me daría miedo dejarla sin respiración…
La quiero tanto tanto, que es complicado expresarlo con tan sólo unas pocas palabras, o unas frases espontáneas escritas por mis pulgares en una pantalla de teléfono…

Es como si ella formará una parte inmensa de mi corazón,
que hace que sea capaz de bombear sangre y darle esa fuerza que forma parte de mis latidos.

Gracias a ella, he conseguido pulir un poco más, muchos aspectos de mi persona, y gracias a ella me he sentido fuerte en muchas de las situaciones y circunstancias que me van acompañando a lo largo de mis días.

Su apoyo es esencial para mi, y su aceptación algo incondicional que siempre voy a necesitar, porque es una persona única de las pocas que existen en el mundo.

Si tuviera que decir algo en una frase de lo que significa para mi,
diría que es la manecilla grande del reloj que marca la hora, en los días de mi vida,
las cerdas para el cepillo de dientes,
o el mango para la sartén,
algo necesario para completar un todo.
Porque decirle te quiero no es suficiente.

¡¡¡¡Muchas felicidades!!!!
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Paracaídas.

Vengo a escribir algo que imagino,
tendré en común con miles de personas que habitan este globo en forma de planeta.
Las dudas de lo infinito,
de lo efímero,
de lo invisible,
del amor sin caducidad.

Creo que,
en todos habita ese miedo de saber lo que uno siente,
de tener muy claro lo que uno quiere…
Pero no conocer lo que hay dentro del resto de cuerpos,
del resto de cabezas,
del resto de personas,
del resto de mundo.

Esta incertidumbre,
es lo que nos hace estar vivos,
lo que nos hace arriesgar sin saber el final,
sin saber si será verdad lo que ocurre,
lo que hace que merezca la pena ser capaz de respirar.

Pocos se dan el gusto de tirarse a la piscina sin miedo,
sin mirar antes si el agua esta más allá de media altura.

Escasos son los que no tienen miedo a:
curarse las heridas de las caídas,
coserse las brechas de las cuchilladas,
ver como la sangre sale a borbotones.

Esta minoría,
esta especie en extinción, son los vividores natos,
los que saben que quien no arriesga, no gana,
los que saben aprovechar el momento,
los que saben que todo merece la pena,
y que ya sea bueno o malo, forma una puntada mas en la piel que habitas.

Ellos son, los que cada día van teniendo más cosas en común conmigo;
la manía de mirar la piscina,
ya se ha ido de mis ojos, que han aprendido a cerrarse y a tirarse al vacío…
El motivo puede ser, la compañía de un paracaídas; a prueba de balas;
que me da la seguridad, que últimamente brillaba por su ausencia.

La duda de si el paracaídas es realmente irrompible, es realmente eterno,
es lo que me hace sentir viva, tener ganas de comprobar si lo que quiero puede durar tiempo tirando a infinito;
si lo efímero puede ser eterno,
si lo invisible puede ser para siempre.

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No te esperaba.

No te esperaba,
igual que no se espera un regalo fuera de tiempo,
o una sorpresa inesperada.

Había puesto la mesa sólo para un comensal,
y la comida era escasa, hasta sólo para una boca.

Creí que había cerrado la puerta con llave,
estaba cansada de que cualquiera creyera tener el derecho de poder pasar,
sin preguntar y sin ni si quiera, llamar al timbre.

Y no me había equivocado,
realmente la cerré,
pero tú tenías la llave,
la que encajaba a la perfección con la cerradura de mi puerta.

Al girarme en la cocina para coger la botella de agua, te vi,
y sin preguntarte quien eras,
te dije que solo había cena para uno.

Tu cara me resultaba familiar,
habías sido el protagonista de la mayoría de mis sueños.

Sin quitar los ojos de mi,
tú contestaste que la cena que querías,
no es de las que se sirven en plato,
es de las que se cocinan lentamente,
a lo largo de los días.

Al escuchar esas palabras,
cerré la cadena de la puerta,
para que no desaparecieras.
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Cosas sencillas.

Estar metidos en la cama una tarde de invierno,
haciendo chocar nuestros pies congelados.
Mancharte la nariz con pasta de bizcocho,
mientras jugamos a ser cocineros.
Esconderte las cosas y ver tu cara de,
ya sé que has sido tú.
Hacerme la dormida,
y no aguantar ni un segundo sin reírme,
cuando noto tus ojos mirándome y oigo tu cabeza diciendo,
se cree que me lo creo.
Son cosas sencillas, simples,
que me hacen ser feliz,
que para mí valen oro,
porque tú eres la parte complementaria,
tú eres los pies, el pinche y el adivino.
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No le conocía, pero sabía que existía.

No sabía su color de ojos,
ni su color de pelo…
Tampoco conocía la tonalidad de su piel,
¿estaría adornada con lunares?
¿le resultará fácil ponerse moreno?

No conocía el tacto de sus manos,
y mucho menos el de sus labios,
pero podía imaginarme la sensación que tendría mi cuerpo al besarlos…

No conocía su voz,
ni el calor de su aliento,
pero hubiera jurado oírlo en sueños…

No sabía como era su risa,
de las molestas que te perforan el tímpano,
o de las carcajadas esporádicas que te roban la sonrisa.

No sabía su estatura,
si sería capaz de darme capones con la barbilla,
o podría mirarme en ángulo de 180 grados directamente a los ojos.

No conocía su olor,
pero estaba convencida que podría olerlo a distancia,
y reconocerlo como los perros rastreadores a su presa.

No conocía el calor de su cuerpo,
pero sabía que en el momento que hiciera contacto con el mío,
el cortocircuito sería escalofriante.

No conocía la forma de sus manos,
ni el tamaño de sus dedos,
pero sabía que encajaría a la perfección,
con la estructura de las mías.

No conocía la huella de sus zapatos,
ni el lenguaje de su lengua…
Solo sabía que existía,
y que sería fácil reconocerle,
entre un millón de millones,
cuando le tuviera delante.

No le conocía, pero sabía que existía.
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Te prometo.

Te prometo noches sin luna,
donde las bombillas de tu habitación serán las estrellas.
Te prometo duchas eternas,
donde mis labios por tu cuerpo serán las gotas de agua.
Te prometo días grises,
en los que pondré todo mi empeño por sacar un arco iris.
Te prometo discusiones,
en las que la reconciliación será entre las sábanas.
Te prometo abrazos,
en los que no se sepa donde empieza un cuerpo y donde acaba el otro.
Te prometo besos,
que no se hundan en la monotonía de la rutina.
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No sirve cualquiera.

Los abrazos pueden darte esa fuerza,
que en algunos momentos te falta.
Los besos pueden hacerte salir a flote,
cuando ya estabas tocando fondo.
Las caricias pueden darte la vida,
que en algún momento podías pensar que estabas perdiendo.
La voz puede calmarte,
cuando estas a punto de perder los nervios.

Pero no sirve con cualquier brazo,
con cualquier labio,
o con cualquier cuerda vocal…

Lo difícil es encontrar las personas que pueden tener todas esas magnificas virtudes para uno mismo.
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